RICARDO DUCOING LÓPEZ

 

Portada del libro "LA ROÑALDA"

-PRIMER CAPÍTULO-

 

 

¡Dios mío!
¿Porqué los perros no hablamos?

 

Mi madre era muy hermosa, no recuerdo sus facciones pero si el olor de su piel y como me juntaba contra su cuerpo y cariñosamente me daba de comer.
Nací en época de frío, a mediados de Enero. Mi madre habitaba en una casa de lujo que estaba cerca de la playa, donde el mar de corrientes polares pasa frente a la ciudad de Tijuana.
Ella siempre fue muy consentida y protegida por sus amos que la alimentaban muy bien pues querían obtener una buena ganancia con la unión marital perruna que les proporcionase jugosos ingresos para desquitar su estancia en esa casa.
Nunca pensé cual sería mi destino, yo lo hacía seguro, pues solo que el mar cambiara su ruta a mí me quitarían de mi madre, pero no fue así ya que apenas había abierto los ojos apresuraron el destete de mí y de mis hermanos.
¡Sí!. Soy hija de una perra de raza pastor alemán y de un perro de raza “Streeter” es decir, callejero sin oficio ni beneficio, que audazmente se brincó la barda y preñó a mi madre engendrándole media docena de cachorros en total.
La fuerza de mí padre y la buena alimentación de mi madre me fueron heredadas, ya que tres perritos se murieron de frío y una perrita la más bonita rápidamente se la llevaron, quedamos dos. Mi hermana era una traviesa y jugando se salió a la calle donde murió atropellada por un auto, mi madre aulló de dolor pues cada que le moría uno de sus hijos los movía con la nariz y les gruñía con amor incitándolos a vivir, la desesperación al ver a su pedacito de piel destrozada hicieron que se olvidara un poco de mí.


Esa tarde llegaron los amos, se enteraron del suceso, como sí yo hubiese sido la culpable del daño se molestaron contra mí, fue entonces cuando me di cuenta que era un animal feo, que era pinta de tres colores opacos y mi piel estaba cubierta por unos pelos que me brotaban como yerbas.
— ¡Ya basta de estar manteniendo este animal! Hay que echarlo a la calle a ver si alguien se lo lleva. El instinto me señalaba que estaban hablando de mí pero no entendí cuál era la decisión, así es que les hacía caramuelas, les brincaba y ladraba con el ánimo de congraciarme con mis amos.
Me miraron. El dueño me acarició la cabeza con su mano yo sentí que lo amé, su calor me era extraño pero sentía bonito de que respondieran a mis llamados de amor, le manifestaba mi cariño guardado en mi corazón moviendo mi rabito, él me puso a la altura de sus ojos mismos que entrecerró y con todo el desprecio del mundo me dijo:
— ¡Eres fea! Estas horrible y para colmo aquí naciste y sin esperármelo me dio un fuerte soplido en mi cara; me sorprendió, por esto me oriné mojándole la mano.
– ¡Perra cochina! - ¡Mira nadamás lo que me hiciste!
Gracias a la intervención de una niña no acabaron mis incipientes días de vida estrellada contra una pared o contra el piso.
— ¡Esta perra se larga! Se larga ahorita mismo, sin cenar me echó a la calle cerrándome las puertas de su casa.
Deambulé por la banqueta largo rato, me costaba trabajo subir el peralte de la misma y cada vez que quería bajarlo me caía de frente, golpeándome el hocico o el cuerpo y a veces ambos.
El frío está casado con el hambre y ambos habían fincado su morada en mí, no había forma de llenar ese hueco que sentía en el estómago, entonces me puse a aullar, no sé de dónde saque fuerzas para hacerlo ni sé como lo aprendí.
El reclamo me fue contestado por mi madre que hábilmente se escapó de dónde la tenían encerrada; con sus patas me abrió un hueco por el cual entré a cenar y a dormir con ella. Ella me lamía, me cantó una canción de cuna perruna y esa noche fue de completo amor maternal, dormí en su regazo caliente librándome de los rigores del frío.
Era muy temprano cuando los gritos de un hombre me despertaron, estaba furioso contra mi madre por lo acontecido, sin miramientos la regañó y la volvió a encerrar y a mí me sentenció.
— ¡De esta no te salvas chiquitita!
El miedo y el temor se apoderaron de mí, era la segunda vez que llegaban en tan corto tiempo y por circunstancias ajenas fueron mis compañeros durante mucho tiempo en mi perruna vida.
Me llamaron con chifliditos y con voz bajita, salí de mi escondite moviendo el rabito y haciendo caballitos para congraciarme con los amos, pero me subieron al carro; una niña no quería que me fuera y me acariciaba diciéndome con palabras y ojitos tristes.
— Eres fea, “eres chirga” pero yo te quiero.
— ¡Papá! Deja que me quede con ella. ¿Sí? Ándale papacito. ¡Sé buenito!
— M’ijita, no podemos tener esa perrita en la casa, mira, ya se la tengo ofrecida al Dr. Cerralvo, él la va a tratar muy bien y podrás ir a verla cuando quieras.
Esta promesa aparentemente tranquilizó a la niña, nos miramos y ambas sabíamos que el padre mentía.
La niña llegó a su escuela y se bajó del carro despidiéndose de mí.
–Adiós perrita que tengas buena suerte, cuídate mucho donde quiera que estés.
— Apúrate niña que vas a llegar tarde, ya déjate de sentimentalismos, le dijo su papá. La chiquilla corrió cargando sus útiles.
— Ahora s ya estamos solos, ya no tienes a nadie quien te defienda de este monstruo; me has traído muchas dificultades y ¿sabes? Te vas a ir a la fregada, qué Doctor Cerralvo ni que nada, al cerro. Paró el carro me tomó con sus manos y me aventó.


No supe que hacer, era una sensación nueva y no sabía como controlarla, abrí mis patitas tratando de pararme en el aire pero no pude, otro sentimiento me atacó por segunda vez, la muerte, al recordar a mi hermanita apachurrada; así voy a acabar, quizás ese era la forma de vivir y el corto lapso de vida para los perros que no somos de raza pura. Estos pensamientos duraron un instante, cuando sentí que mis patitas se hundieron, afortunadamente, en u plástico; fui lanzada a un basurero y las bolsas salvaron mi vida tanto del golpe como del hambre.
Ese día conocí a muchos compañeros de mi raza que llegaban a proveerse de alimento. Me enseñé a romper las bolsas, a husmear hasta encontrar el preciado alimento.
Aprendí a ser amable con los perros vagos feroces que llegaban a imponer su ley, primero teníamos que olernos todos la cola para saber que somos de la misma raza, luego rasguñar el piso y después marcar las áreas de visita con apestosos orines para saber que tipo de sexo tienes.
El menú era desconocido para mí. Una perra flaca que le colgaban las tetas se acercó, pensé que sería fácil comer de ella y me le acerqué dispuesta a saborear un sorbo de leche caliente. La perra no me olió, se me abalanzó, me puso dos mordidas, se me aventó y se encima gruñéndome y enseñándome sus fuertes y macizos colmillos amenazaba con destrozarme.


Ese día fue de aprendizaje, supe que la vida de perro es una vida difícil y de las perras más, que los sentimientos son importantes pero hay elementos por los cuáles uno tiene que pelear, tales cómo comer, un lugar en dónde dormir, beber agua y cuidar su territorio ya no era una perrita bebe, era una perrilla callejera,
Consciente de esta situación fui creciendo y gracias a la salud y fortaleza de mis padres sobreviví entre los botes de basura, agua de los charcos, los carros que driblaba para no ser atropellada, las mordidas de mis congéneres me las curaba con saliva, aprendí que hay gente buena y mala.
Los mecánicos de un taller me daban algo de comer cuando pasaba a visitarlos, los empleados de un restaurante que botaban una serie de desperdicios que nos servirían de alimentos, nos corrían y nos apedreaban porque les regábamos la basura que se salía de las bolsas.


Me encontré con gente vieja que les parecía muy feo mi aspecto, a otras no, a algunos niños les producía miedo mí presencia y otros me acariciaban, las mujeres eran buenas y casi no se metían conmigo.
Aprendí a caminar libremente por las calles, a dormir a la intemperie, a ganarme el hueso o el alimento requerido, supe que al cuidar de las gentes que me trataban bien, éstas me recompensaban de alguna manera, pero no me libré del llamado de la vida; una jauría de compañeros me siguió durante algunos días, se peleaban por mí, se apoderaron de mi cuerpo, me lastimaron mucho y me mandaron más de un mes a caminar con malestares propios de mis hijos que se estaban gestando.


Los pasos se hicieron más pesados, el malestar era cotidiano, ya no me movía rápido, de ahí que un carro me atropelló, me pasó sobre mi panza matando a todas mis crías.
Las arrojé y me quedé maltrecha, adolorida, lastimada, herida y muriéndome de fiebre, producida por las infecciones, mis defensas bajaron y no me morí aunque yo lo deseaba.
Las gentes piensan que los animales no entendemos lo que hablan pero, -¿Saben algo? - Les tengo malas noticias, entendemos todo y para que más les duela, los idiomas no son barrera pues estamos sintonizados en diferentes ondas sonoras, nosotros los animales escuchamos pero también leemos el pensamiento.
El Eterno Creador entregó a cada quién una inteligencia, así la nuestra nos hace que aprendamos más rápidamente, sin necesidad de entrar a una escuela adquirimos conocimientos desde antes de nacer, ya nos vienen en los genes.
Aprendí un refrán que dice, que al perro más flaco se le cargan más las pulgas. Eso es cierto, pero a mí no tan solo fueron las pulgas sino los ácaros de la roña, que me empezaron a comer, los quise matar y me rascaba con las uñas de mis patas, haciéndolo hasta sangrarme, pero esto les facilitaba el camino de la infección que cada día cubría más partes de mi cuerpo.
Deambulaba por todos lados, no tenía fuerza para procurarme el sustento, vagando fui a parar a una esquina donde bajaban de un camión de pasajeros una serie de jóvenes, que se dirigían hacia una escuela.
Las fuerzas me abandonaron, en un prado, junto un famélico árbol me recosté esperando mi final, la fiebre había aumentado, la sed me devoraba, mi respiración aumentaba, los ácaros me destruían a placer, un pedazo de placenta que no me había podido desprender era el causante de la infección. Ya no-tenia re medio. Gracias a Dios moriría en poco tiempo.


Varios camiones depositaron su estudiantil carga humana y cada vez que llegaba uno, los chamacos saltaban con mayor rapidez y corrían para estar dentro de sus aulas antes de la llegada del maestro, así es que conforme se acercaba más la hora de entrada mayores eran las prisas y las carreras.
Luego otro camión llegó, se estacionó frente a mí, un joven saltó del autobús y por poco me aplasta, no sé de donde saque fuerza para quitarme de su camino antes de morir aplastada, el esfuerzo hizo que el pedazo de placenta que arrastraba fuera arrancado de mi vientre saliéndoseme la infección, el dolor fue mayúsculo a la par del susto, pero me hizo sentir una mejoría casi inmediata.
Volví al lugar que había elegido, pasaron las horas, no supe cuantas, la fiebre me consumía, solo sé que una muchacha me trajo un poco de agua que me dio a beber, estaba dentro de una botella y casi me la metió en el hocico, ese fue mi alimento ese día.


Esa mañana la niebla abundaba, los chamacos repetían las hazañas de ayer pero yo ya tenía una amiga. “La señorita del agua”, hoy me trajo unas bolitas para que comiera, me puso un traste y lo llenó con agua fresca.
Sus palabras de ternura fueron motivo de burla para unos chamacos que se molestaban por mi horripilante figura y el enojo de esta damita, cómo sí las burlas hubieran sido para ella se encendió y los puso de vuelta y media, los jóvenes trataron de hacerse los graciosos pero no lo lograron.
Volví a sentirme amada, sentí que podía interesarle a alguien, que valía la pena vivir, que tenía mucho que ver y que debería ser el consuelo de alguien como mi amiga, al mirarnos a los ojos pude ver su historia de sinsabores y desgracias, ella se miró en mi, sentí que se reflejaba, quise levantarme para seguirla pero no pude, solo con un débil movimiento de mi cola y mi mirada le di las gracias.


Nuestra amistad duró dos días más, se atravesó el domingo, ya sabía que ella no regresaría; sus padres se la llevaban para Estados Unidos, tenía que abortar al bebe que guardaba en sus entrañas.
Ese domingo no llegaron los camiones, la ciudad estaba apacible, las gentes no corrían, había calma, se vestían de gala, se olían los perfumes por donde caminaban, los libros gruesos de color negro adornaban las manos, las risas de los niños eran diáfanas y los regaños o llamadas de atención de los padres se escuchaban por doquier.
Una mujer sacó una manguera y sin contemplaciones de ninguna especie me echó el chorro de agua corriéndome de mi hogar, al salir espantada quedé a media calle, un carro que giró velozmente casi me atropella, pero logré llegar a la acera donde temblando me volví a acostar un rato.
La sarna me estaba llegando a los ojos, entonces decidí ver por última vez a mi ángel protector, me fui dando traspiés y siguiendo a una muchachada que se dirigían a la escuela que mi amiga asistía, lo supe porque usaban un uniforme similar.
Tardé mucho tiempo en llegar, nadie me hacía caso, al contrario me sacaban la vuelta.
Por fin llegué a la puerta de la entrada del plantel, por ahí debería de pasar al entrar o salir, así es que me eché con la esperanza de verla y así esperar mi final.
Las caras de las mujeres jóvenes denotaban su edad, oscilaban entre los quince y los dieciocho años, eran hermosas, radiantes, llenas de buen humor, pero no todas eran así, había unas que llegaban tristes, otras denunciaban al apabullado trajín cotidiano, otras revelaban la lucha por la sobre vivencia como yo.
Sus risas claras y cristalinas reflejaban la alegría propia de su edad, pero también delataban tristezas y sin sabores.
Los perros, aunque estemos dormidos detectamos la presencia del bien y del mal, estamos atentos a una caricia o a un ataque.
Los sentimientos brincaban disparejos a mí alrededor, la mayoría positivos, estos me animaban a seguir viviendo, entonces fue cuando me decidí a entrar al plantel.
Dentro de la escuela donde encontré cientos de muchachos, la comida abundaba, los tambos de basura rebozaban de desperdicios, el agua que regaba los jardines se derramaba, en un rincón hice mi casa, éste era el paraíso terrestre de los canes.
Un hombre grande, barba negra y abundante, complexión corpulenta y aspecto feroz pero de alma sencilla se compadeció de mí, me puso un trasto, lo llenó de agua fresca, me lo acercó para que calmara mi ardiente sed, me arrimó unas bolitas de alimento que ya conocía, desesperadamente tragué hasta hartarme, al hombre de aspecto feroz le apodan “El Lobo” fue el ser más tierno y bueno que me he encontrado en mi vida.
Los días pasaron, el alimento que me daba y que con avidez comía me fortaleció, ya caminaba, el Lobo me miró y tiernamente me dijo:
— Que bien te ves, ya estas repuesta; ya es tiempo de que te cure, voy a acabar con tus males para siempre. ¡Ya lo veras! -No dijo más y se alejó.-
Al poco rato regresó, con una soga me ató a un árbol y sin miramientos de ninguna clase me baño con aceite quemado de los que usan los motores cuando se les hace el cambio, me empapó todo el cuerpo, no quedó un solo lugar que no fuera impregnado.
El ardor y la comezón amainaron, los pocos pelos que me quedaban se me cayeron. Éste tratamiento me lo aplicó tres veces en una semana y santo remedio la sarna se acabó.
Nunca había sabido lo delicioso que es un chorro de agua en el cuerpo y mi nuevo amo me proporcionó esa alegría, me enjabonó varias veces, me lavó perfectamente y me soltó para que me secara a mí gusto.
A partir de ese instante mi vida cambió, los chamacos ya no me tenían asco, ya no era una perra callejera, ahora tenía un amo y muchos amigos; todos los chavos me empezaron a querer bien y me llamaban por mi nombre, el nombre que me puso mi amo el Lobo, me llamó:
“La Roñalda”.


El cariño manifestado por las profesoras, me hizo sentir que las mujeres somos lo máximo, ya que siempre me tenían una palabra amigable, un pedacito de pan o su alimento lo compartían conmigo.
Le caí bien al Director del plantel que lo hacía marchar con orden y disciplina, el ya me conocía y me compraba las bolsas de alimento y se las entregaba al Lobo para que me las diera. Él fue mi sostén.
Mi responsabilidad era velar en las noches, cuidaba que nadie se metiera a la escuela a cometer algún delito o atropello dentro del plantel, así es que me pasaba en vela de cabo a rabo.
El Director aceptó de buen grado mi presencia, ya me salió el pelo y ahora muy bonito, soportaba que me paseara por todos los pasillos a la hora que fuera, dormitaba fuera de los salones de clases.
Antes me quejaba ante el Creador de que los perros no hablábamos pero obtuve su benevolencia de entablar platicas con una persona, (quizá fue por los méritos que hice con mis sufrimientos)
Conocí a muchos muchachos que sus vidas eran dignas de ser contadas, de ahí que me hiciese de un amigo al que mentalmente le comunico mis impresiones y él las redacta, de esta manera les contaré mi vida y algunas historias desde mi punto de vista perruno.

 

 

 

 

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