En
un lugar del norte de Líbano. Año 536 de la Hégira
(Calendario musulmán)
“ ...Tras cantarle versos, siempre inspirados en ella, le dijo
a él:
- Si alguien o algo nos separara... si la muerte destruyera mi cuerpo,
te reconocería en otra vida por tus labios, amor mío-
Y le besó.
- Yo te recordaría por tus ojos, tu pelo y tu ombligo- le respondió
entregándole un anillo de plata que portaba un pequeño
rubí..
Tras el regalo, se entregaron al rito del amor con la generosidad
de siempre. Amor furtivo de luna nueva.
Ella exhibía sus senos exuberantes mientras cadenciosos movimientos
de cadera provocaban gemidos silenciosos en él.
Él perseveraba echado y con los ojos entornados como los de
quien no desea perderse nada de aquella visión celestial, abstraído
en sus cabellos ondeados por la brisa marina, suave y fresca que también
se incorporaba al ritual de la dupla con el atrevimiento del enamorado
que penetra la ventana sin llamar, quizás para acompañarlos
en la que podría ser su última noche juntos. El olor
a sal impregnó sus papilas olfativas, pero no sentía
frío sino calor.
No había mayor posibilidad de éxtasis ni otro virtual
sentido para la vida.
Era ella, no cabía dudas. El par de su alma, el verso nunca
recitado, el altar sagrado de su espíritu y la madre de sus
hijos. Era él, lo sabía desde que percibió en
sus ojos azules la mujer de sus sueños la primera vez que la
vio: oasis de su corazón, ventana de su hálito trascendente,
cómplice sempiterno.
Aunque en apariencias dominaba el caos, la armonía regía
el encuentro como en las demás ocasiones. No había desdén
en ninguno de los movimientos, ni premura, ni actos fallidos. Había
entrega total, ambrosía celestial, intercambio de humores y
un instante eterno atemporal.
Él, girando sobre sí, dejando su libido libre, la echó
con sutileza sobre aquel plumón de Damasco y el velo transparente
y celeste de Jubayl cubrió su rostro fortuitamente.
Con suavidad, despejó el velo y vio sus ojos negros, profundos
como la oscuridad de la noche, derramar estrelladas lágrimas
cristalinas deslumbrantes. Pero no paró, sabía que si
lo hacía, ella le reivindicaría toda su entrega y, lejos
de contrariarse, se precipitó a la perdición del placer
mutuo aumentando el ritmo de sus movimientos hasta que sentía
que desfallecía.
Cuando el clímax se hacía inminente, la guardia del
rey entró en la alcoba separándole de su amada y un
dolor punzante en alguna región recóndita del alma arrancaba
alaridos que desgarraban su garganta.
El llanto se desató en ella que perseveraba con sus manos extendidas
mientras su madre la cubría con un lienzo rojo:
- ¡¡¡Abdul.......Abdul!!!
Y Abdul le respondió en voz baja, sin dejar de resistir su
mirada:
- Soraya, te buscaré sin descanso durante todas las vidas que
Allah quiera concederme.
El rey daba órdenes en su idioma y sus súbditos las
cumplían con celeridad.
Cuando se lo llevaron, en medio del llanto ella profirió las
últimas palabras que oyó Abdul de la boca de su amada
sintiendo que le traspasaban el alma, como el estilete de bronce recorre
el cuello de un cordero a la hora del sacrificio.
- ¡¡¡Abdul, inshallá!!!- Alá lo quiera,
Abdul, gritó ella mientras un soldado aventajado se daba prisas
en seccionar la lengua del amante furtivo impidiendo que el osado
proscrito pudiera devolverle la misma sentencia a su amada. Lo que
le dejó marcado para el resto de su penosa vida.
Ella, recluida en su alcoba hasta el tiempo en que sería desposada
con el príncipe de la región nórdica de Halab.
Él, condenado por amar a la Princesa de Tabarja, siendo un
simple plebeyo.
El rey le perdonó la vida por tratar de evitar el odio que
engendraría en su hija, pero la mutilación de la lengua
y el exilio al desierto de Al Urdun, Jordania, pensó que sería
suficiente para destruir toda posibilidad de volver a verse con vida.
Sentenció el rey que el nombre de Abdul (siervo de Dios) deshonraba
al mismo Alá, motivo por el cual se lo cambió por el
de Omar (de vida larga) deseándole una vida longeva unida perpetuamente
al dolor y la miseria.
Nunca más podría recitar versos del Corán ni
las famosas prosas de Tartus.
Con el sabor a sangre en su boca y la imposibilidad de articular palabra
alguna, Omar balbuceaba en el lenguaje ininteligible de los sordomudos
las palabras que, para siempre serían ya sagradas y que nunca
más pudo volver a oír su amada:
¡¡¡Inshallá,
Soraya!!!
Año 2002 de la Era cristiana 12 de Agosto 12 :30 p.m Biblos,
Líbano
Con ese mismo sabor de boca, despertó de aquella pesadilla
Dave. Aquella mujer, aquella atmósfera de pasión, sus
ojos de amante, su boca carnosa y seductora cantando preciosas odas
de amor con dulce acento árabe, su cabellera larga, su ombligo
danzando contorsionadamente y su sexo moviéndose espasmódicamente
al son de los vaivenes.
Y finalmente esas expresiones arábigas incomprensibles para
él:
Abdul, inshallá¡¡¡
Era un sueño repetido cientos de veces desde que alcanzó
la pubertad y al que no podía, ni quería olvidar. Su
esposa no le recriminaba nada por soñar con esa “fantasía”.
Sabía que esa mujer no existía y que su marido le era
fiel.
Pero en esta ocasión, lejos de España, su lugar de origen,
Dave sentía su pesadilla más real que nunca.
A Biblos, ciudad antigua fenicia de Líbano famosa por su adoración
a la diosa del Sol Astarté; le había llevado una afición
hacia la parapsicología que alternaba con su profesión
de narrador de cuentos y poesías que él mismo componía.
Su colaborador y amigo íntimo Daniel, le había prometido
algo especial citándole en una carta. Pero ignoraba la sorpresa
que le deparaba el destino.
Apenas si desayunó aquella mañana lluviosa y pronto
un taxi le llevó hasta la dirección que tenía
apuntada en una servilleta de papel del hotel.
Las calles estaban poco concurridas y no era la lluvia la causa. Eran
las fiestas familiares del Ramadán.
Entre las calles que observaba sintió de pronto el flash de
quien divisa su casa tras años de destierro a causa de una
guerra. La imagen de un templo impresionante quedó grabado
en sus pupilas azules.
- ¿Qué monumento es ese?- preguntó al taxista
en inglés.
- Es el Templo de Biblos, señor- le respondió con inglés
imperfecto.
Puerto
de Biblos
En la entrada al puerto de Biblos, lugar donde le esperaba su amigo,
sintió las mismas intensas sensaciones de certeza de conocer
aquel lugar.
Daniel llevó a Dave a un palacete semi derruido del siglo XII.
- Recabé en este lugar por la lectura de unas noticias donde
afirmaba una señora de la ciudad de Biblos que paralizaría
las reformas que realizaba en el palacio a causa de fenómenos
extraños que acontecían en su interior...
Dave apenas escuchaba a su amigo. Su corazón se sobresaltaba
a cada giro de un rincón del palacete a otro. Todo, absolutamente
todo, le era tan conocido, tan familiar, que no sabía que explicación
dar a lo que le sucedía.
- La dueña del palacete, una viuda de 64 años, falleció
hace poco más de un año y su hija se niega ahora a derrumbarlo
aunque no vive en él. Almorzará con nosotros dentro
de... media hora- continuó Daniel.
Daniel miró a su reloj y sus palabras retumbaban en las habitaciones
vacías llenas de sábanas de colores que protegían
del polvo a los muebles antiguos de olores añejos.
Dave cogió una sábana y antes de deslizarla dijo:
- Mueble de tetería.
Al descorrer la tela, apareció un medieval objeto de madera
que contenía una tetera de plata con vasos de bronce repujado.
Daniel no pareció quedar demasiado sorprendido ante aquel acto
premonitorio.
- Esto no es lo más llamativo, Dave- prosiguió su amigo
Daniel exultante- Aún te queda lo mejor.
Sacó una grabadora sofisticada de su mochila y la puso sobre
una mesa baja del salón.
- Esto te va a dejar alucinado- continuó Dave mientras rebobinaba
la cinta- Siéntate o te caerás de espaldas. Esta psicofonía
la grabé en la alcoba hace tres noches con toda la habitación
cerrada. Te doy mi palabra, Dave. No hay trampas, lo que oirás
no son palabras mías ni de nadie. A menos de nadie que esté vivo ahora.
Dave obedeció y se sentó sobre un viejo cojín
y cruzó sus piernas con asombrosa coordinación, como
cualquier árabe autóctono.
Detrás de él, llegaba la nueva dueña del palacete
pero ninguno de los dos se percató de su presencia.
Daniel puso en marcha la cinta y miró a Dave como esperando
atónito la reacción extraña de éste al
oír la cinta.
Una voz de mujer de ultratumba se oyó en la sala entre lo que
parecían ruidos de llantos y golpes.
- Sube el volumen- dijo muy interesado Dave a su amigo.
Tras rebobinar la cinta de nuevo, los ruidos retumbaron en la sala
con una perfecta audición:
Abdul,
inshallá¡¡¡
Dave quedó estupefacto. Otro murmullo le hizo mirar hacia atrás
y vio a la dueña de pie.
- ¡Eres tú! – exclamó Dave con voz resquebrajada,
observando el anillo que llevaba puesto. Aquel que describiría
de memoria de tanto soñarlo.
- Soy yo... la dueña del palacete – expresó en
perfecto inglés.
Dave estaba confundido, esperaba que ella le dijera. “soy yo
amor” y que se entregara a sus brazos sin mediar palabras. Pero
parecía que no ocurriría así. Estaba confuso
y dubitativo. No alcanzaba a comprender lo que le sucedía.
Daniel conocía el sueño repetido de Dave e intuyó
qué estaba pasando en ese momento. Así que decidió
ir a “buscar nuevos instrumentos de medición”mientras
dejaba a ambos recorrer el palacio. Ella, enseñó cada
rincón del palacete que seguían siendo recordado por
Dave.
Al entrar en la alcoba, la brisa salada y fresca movía las
cortinas de la ventana entre celosías y un sol iluminaba la
habitación con el fulgor del verano. Había dejado de
llover.
No sabía si atreverse a contarle a la dama lo del sueño
repetido. Cuando recopiló fuerzas para comenzar su increíble
historia se arrimó a ella invitándole a sentarse en
una vieja cama cubierta de sábanas.
- Debo contarle algo sobre mí...- comenzó.
- Pssssssss...silencio, lo sé – respondió ella
tapando con su dedo índice sus labios secos por muy poco tiempo-
Tenemos las mismas almas en distintos cuerpos. Llevo muños
años, muchas vidas, buscando estos labios. Ahora que los he
encontrado no dejaré que se vayan sin besarlos, como hace siglos.
Mientras retozaban, la mente enardecida de Dave, bajo la inspiración
del epílogo del amor hecho realidad, musitaba para sí versos que con facilidad asombrosa formaban un soneto que recitaba
a su amada con la magia de aquel momento de testigo.
SONETO PARA AMORES REENCARNADOS
Tras siglos nuestro amor fue despertado
por tus labios y mis ojos celestes:
balada de amor bailado con este
soneto para amores reencarnados.
Dios
sabe cuanto de menos te he echado.
Desde jurarnos amor para siempre,
no ha pasado un día sin detenerme,
rogando al cielo más tiempo prestado.
Para
amarte, mi vida, para verte
conmigo libre, cerca y a mi lado,
para darte mi vida esclava por siempre.
Viendo
triunfar nuestro amor descarnado
sobre cinco vidas y cuatro muertes,
después de estar tres siglos separados.
Luego se le acercó con deseos fervientes, sintiendo subir la
fiebre en ambos, besándole una vez y otra con el deseo de siglos
incontenido.
Y a los besos le sucedieron caricias. Y a las caricias abrazos y a
los abrazos lamidos...
Sobre aquel lecho hicieron el amor de memoria, sin equivocarse. Sabiendo
qué movimiento seguía al siguiente. Muchas noches de
sueños, así se lo hicieron aprender.
Tras el clímax, ya reconocidos, él le dijo a ella sin
miedo a errar, palabras surgidas de sus adentros, casi inconscientes:
- Te querré siempre, Soraya.
Y ella, tomando su cabeza entre sus manos, le respondió en
perfecto árabe:
- ABDUL, INSHALLÁ¡¡¡- Y otra vez Dave se
estremeció.
Y
unidos por el mismo destino que los separó, aprendieron juntos
que la vida es el juego en el que Allah tira los dados en cada existencia
que consumemos. Él o ella están ahí, esperando
que la suerte de la tirada los reúna pero... ¿en qué
vida? Esa es la única pregunta sin respuesta.
¿Será en esta? ¡¡Inshallá!!”